Después de su segunda maternidad, Naiara —docente de Plástica, creadora y madre de tres— decidió transformar el cansancio, las dudas y las risas cotidianas en un espacio de conexión real: Agujetas maternales. Lo que empezó como un perfil de Instagram para compartir juegos y reflexiones se ha convertido en una comunidad que inspira a miles de familias y ahora también en un libro publicado por Larousse. En él, Naiara reivindica la creatividad como una herramienta de crianza, no como un lujo: una manera de mirar el mundo con curiosidad, humor y ternura, incluso en medio del caos.
1- ¿Cómo nació la idea de tu perfil en redes Agujetas maternales?
Después de mi segunda maternidad sentí algo muy distinto a lo que me había pasado con la primera. En la primera todo eran dudas —esa sensación de que todo el mundo sabe más que tú y que vives en un constante "¿lo estaré haciendo bien?"—. Pero la segunda fue otra historia: me sentí empoderada y con ganas de compartir. Empecé subiendo pequeñas cosas en redes: actividades que hacíamos por las tardes para entretenernos, memes sobre situaciones del día a día siendo mamá de dos, recetas que aprendía de mi madre, reflexiones… Fue una maternidad que viví desde un lugar más seguro, aunque también más cansado —porque ya no es solo un bebé (que ya es increíblemente agotador), sino también un peque lleno de energía correteando alrededor—, y me apetecía acompañar a otras madres que estuvieran transitando esa etapa.
Durante mi primera maternidad, muchas de las voces que me calmaron y me hicieron sentir acompañada vinieron de libros y de las redes. Autores como Carlos González, Lucía mi Pediatra o Armando Bastida fueron faros en un momento de mucha incertidumbre, cada uno desde su ámbito profesional. Yo no vengo del mundo sanitario ni pretendo compararme con ellos; mi recorrido es otro. Pero un día pensé: ojalá yo también pueda aportar algo bonito y útil desde mi terreno, que es la creatividad, el juego y las ideas para conectar en familia. Ojalá pudiera ser compañía para otras madres —ya estén en su primera, segunda o tercera maternidad— y ofrecerles pequeños respiros, inspiración práctica y recordatorios de que lo estamos haciendo mucho mejor de lo que creemos.
Instagram fue mi punto de partida, pero pronto decidí ampliarlo a través de una página web propia con un blog. Quería escribir, ordenar mis ideas, tener un espacio menos inmediato. Así nació mi blog, Agujetas Maternales. El nombre tiene doble sentido: por un lado, esas "agujetas" del cansancio profundo que acompaña la maternidad; y por otro, es una evolución natural de un blog que tuve antes de ser madre, llamado Agujetas Mentales, donde reflexionaba sobre arte, educación y creatividad. Al final, seguía siendo yo, pero con unas agujetas diferentes: las que nacen en la maternidad y que solo quienes las viven saben reconocer.
Con el tiempo, ese universo ha ido creciendo, conectando con muchas familias, y este año ha encontrado también su forma en papel. Agujetas maternales. Actividades fáciles y creativas para mamis ocupadas y sus peques, publicado por Larousse, ya está llegando a cientos de hogares reales, y ojalá llenando muchos ratos compartidos de ideas, juegos y conexión en familia.
2- ¿Hubo algún momento concreto en tu maternidad que te inspirara a convertir tus experiencias en un libro?
Más que un momento puntual, fue una suma de casualidades. Llevaba desde 2019 compartiendo contenido de forma regular en redes y en mi blog y, como la cabra tira al monte, la creatividad fue convirtiéndose en el epicentro de todo lo que hacía: era lo que más disfrutaba y también lo que más conectaba con mi comunidad.
A principios de 2024 ya me rondaba la idea de recopilar las actividades que mejor habían funcionado en redes y convertirlas en un ebook descargable: algo accesible, bonito y útil para las familias. Pero entre cuidar del bebé por las mañanas y estar con los tres peques por las tardes, el tiempo que me dejaban los cuidados era muy limitado, y lo dedicaba casi por completo a crear contenido. Sabía lo que quería hacer, pero no sabía cuándo iba a poder sentarme a darle forma.
Y entonces llegó ese momento mágico en el que parece que la vida te guiña un ojo. Estaba en la sala de espera del pediatra con mis tres hijos, los tres malos a la vez (te lo cuento porque resume perfectamente esto de las agujetas maternales), cuando me llegó un email. Era un editor de Larousse: había descubierto mi blog y mi cuenta de Instagram y veía potencial para darle forma de libro a ese universo creativo. Carlos —que así se llama mi editor— y yo siempre decimos que fue una especie de alineación astral: yo dándole vueltas a cómo hacer ese contenido más accesible y ordenado… y de repente, desde Barcelona, alguien proponiéndome exactamente eso, pero en un formato todavía más grande y con mucho más recorrido.
A veces la vida te regala serendipias preciosas. Después de aquel email llegó una llamada, y ahí se plantó el germen del libro que hoy podemos tener entre las manos y que ya está en muchas casas. Y aprovecho para mandar un abrazo enorme a Carlos, mi editor, porque gracias a su confianza y acompañamiento Agujetas Maternales es hoy el libro que es. Apostó por mí y me ayudó a dar forma a este proyecto desde el primer minuto.
Volviendo a tu pregunta, lo que me movía entonces —y lo que me mueve ahora— es ordenar y poner en valor todo ese contenido que comparto y que tantas familias guardan "para luego", pero que a veces se pierde en la carpeta infinita de guardados. El libro nace justo de ahí: del deseo de reunirlo todo y decir "aquí lo tienes fácil, bonito, claro y pensado para tu vida real". Quería crear un manual de creatividad amplio, cuidado y práctico; pensado para familias reales, con poco tiempo pero muchas ganas de disfrutar juntas. Un libro que pudiese inspirar incluso a quien nunca ha comprado un libro de actividades, y que se convierta en un recurso vivo en casa, no en algo que se queda en la estantería.
Mi idea inicial era mucho más humilde, pero a veces la vida te da el empujón justo cuando más lo necesitas. Solo hay que reconocerlo, confiar y seguir caminando hacia donde el corazón te lleva.
3- Tu libro propone introducir el pensamiento creativo en la familia “de forma sencilla y divertida”. ¿Por qué crees que la creatividad es tan importante en la crianza?
Creo que la creatividad es fundamental en la crianza porque, al final, es la capacidad que tenemos para encontrar soluciones únicas y personales a los problemas. Ser creativo no es solo dibujar bonito o hacer manualidades —que también, y son maravillosas—, sino aprender a mirar el mundo con ojos propios, cuestionar lo establecido y atreverte a pensar "¿y si lo hago de otra manera?".
La creatividad va de la mano del pensamiento crítico. Si nunca te planteas que las cosas pueden ser distintas, es difícil que puedas crear algo nuevo. Y eso es lo que hace avanzar al mundo: personas capaces de imaginar, cuestionar y proponer.
El problema es que, hoy en día, la creatividad infantil sigue asociándose casi exclusivamente a las manualidades, cuando en realidad aparece en mil formas: en una conversación, en una pregunta inesperada, en una solución ingeniosa a un conflicto cotidiano. Muchas veces lo más creativo del día no está en un dibujo ni en una manualidad, sino en cómo un niño entiende algo que a los adultos jamás se nos hubiera ocurrido.
También sabemos que, a medida que los niños crecen, su potencial creativo tiende a apagarse. El sistema educativo, con su necesidad de organizar y atender a muchos alumnos a la vez, a veces deja poco margen para esa chispa. Las normas y las estructuras son necesarias y dan seguridad, sí, pero cuando todo está tan pautado que solo existe una forma correcta de hacer las cosas, la exploración y la curiosidad van desapareciendo. No se trata de quitar límites, sino de reservar momentos y contextos donde los niños puedan equivocarse, inventar y descubrir quiénes son… y cómo quieren mirar el mundo.
Y en casa podemos caer en algo parecido si no somos conscientes: ponemos los límites (que son necesarios), pero a veces olvidamos dejar hueco para el "¿y si…?", para el juego libre, para equivocarse sin miedo, para hacer preguntas abiertas y no solo buscar respuestas correctas.
Para mí, fomentar la creatividad en familia es un acto de escucha y de confianza: decirles a nuestros hijos "tu manera de ver el mundo importa". Cuando validamos sus ideas, cuando les dejamos experimentar, cuando celebramos que tengan una solución diferente a la nuestra, estamos construyendo autoestima. Les estamos diciendo: tienes una voz, y merece ser oída.
Por eso la creatividad es un superpoder familiar. Nos une, nos divierte, nos hace más flexibles, más curiosos y más capaces de encontrar caminos propios, también como adultos. Y además es profundamente práctica: sirve para resolver un conflicto entre hermanos, para improvisar un plan, para entender cómo funciona el mundo… y para imaginar uno mejor.
En resumen: durante mucho tiempo nos han hecho creer que la creatividad es cosa de unos pocos, de los que pintan, escriben o esculpen… casi un talento reservado a "genios creativos". Pero no es así. La creatividad no es un lujo, ni algo estrambótico, ni una habilidad exclusiva del mundo artístico. Es una capacidad transversal, que atraviesa todas las áreas del conocimiento y de la vida. No es un extra: es una herramienta esencial para crecer libres, seguros y capaces de pensar por nosotros mismos en un mundo que a veces insiste en que todos encajemos en el mismo molde. Y la familia es el primer lugar donde esa chispa puede avivarse cada día.
4- Eres madre de tres y profesora de Educación Plástica. ¿Cómo influyen ambas facetas —docente y madre— en tu forma de diseñar las actividades del libro?
La vida tiene esa forma curiosa de ir juntando piezas: lo que fuimos, lo que aprendimos, lo que soñábamos… y un día te das cuenta de que todo eso te ha traído justo hasta donde estás. Cuando estudié Bellas Artes me fascinaban la fotografía, el diseño gráfico, el dibujo… No tenía claro si iba a ser profe, pero hice el CAP (o sea, el Certificado de Aptitud Pedagógica, la formación que entonces equivalía al actual Máster de Formación del Profesorado) y, de repente, la vida me puso delante la oportunidad: volver al colegio donde había estudiado para dar clase. Y así empezó una etapa preciosa de 18 años como profesora de Plástica y Dibujo Técnico.
En el aula entendí la creatividad desde otro lugar: desde los ojos de los niños y adolescentes que entraban cada día en mi clase. Mi papel no era solo despertar curiosidad, enseñar técnicas o validar ideas diversas, sino aprender a mirar desde su mundo: sus intereses, su edad, su contexto. Solo así podía generar un vínculo real. Acompañarles a descubrir su voz y a construir un criterio propio, sí, pero también a encontrar sentido en lo que hacíamos juntos.
Aprender no es repetir lo que otro ya pensó o creó; es conocerlo, analizarlo, procesarlo y transformarlo. Es hacerlo tuyo. Y solo sucede de verdad cuando hay emoción. Esa lección —escuchar, conectar, adaptar, inspirar— es la que me llevo hoy cuando diseño actividades para las familias. Cambiar el resultado por el proceso.
Incluso en Dibujo Técnico —que es pura norma y precisión— la creatividad asoma. Esa chispa aparece cuando un alumno encuentra otro camino, otra perspectiva, otra solución válida por una vía que no es la que tú le enseñaste. Esa autonomía de pensamiento, esa valentía de mirar distinto, para mí siempre ha sido más valiosa que el trazo perfecto.
Con la maternidad llegó otra gran escuela: ver el desarrollo de los niños desde dentro, desde la convivencia, la paciencia y la observación constante. Aprendes que cada avance cuenta, que cada etapa tiene su ritmo, que acompañar no es empujar sino estar, sostener, celebrar. Pero también descubres lo fácil que es quedar atrapada en la rutina y olvidar que tus hijos también necesitan verte jugar, reír, improvisar y conocerte desde un plano más lúdico, más ligero.
Te he hablado de mi faceta como profe y como madre, dos piezas fundamentales que me han enseñado a observar, acompañar y abrir caminos para otros. Y, si al principio te decía que la vida junta piezas, es porque había una tercera que estaba un poco en pausa: la Naiara creativa. En el proceso de crear este libro no solo seleccioné y escribí las actividades: diseñé la cubierta y la maquetación interior, hice las fotos y pensé cada página como un pequeño universo visual. Volvieron a mi vida las tipografías, los colores, la composición, la narrativa gráfica… Volvió esa mirada de Bellas Artes, la estética, la intención detrás de cada trazo y cada decisión.
Después de tantos años poniéndome en los zapatos de mis alumnos, y después poniéndome en los zapatos de mis hijos, este proyecto me devolvió también a mis propios zapatos: a esa Naiara diseñadora, fotógrafa, creadora, que quizá estaba en silencio, pero nunca desapareció.
Y entonces todo encajó. La profe, la madre y la artista: tres piezas que no compiten, sino que se complementan. Esa unión es este libro: pensado con mirada docente —para acompañar, inspirar y abrir puertas—, con enfoque de madre —práctico, flexible, pensado para casas reales— y con alma creativa —cuidada, estética, alegre y viva—. No nace de una moda ni de un algoritmo, sino de un camino y de la convicción de que la creatividad es una forma de estar en el mundo.
Hoy lo veo claro: todas mis piezas me estaban dirigiendo hacia este libro.
5- Mencionas que muchas madres sienten pereza o falta de tiempo para ponerse a hacer manualidades. ¿Qué consejo les darías para vencer esa barrera inicial?
Creo que lo primero es quitarse presión. No todas las madres disfrutan de las manualidades, y está bien. La creatividad no es solo tijeras y cartulina: también es cocinar juntos, inventar historias, montar una tienda con cojines o explorar el parque como si fuera una jungla. Hay mil maneras de despertar la imaginación sin manchar una mesa entera. Por eso en mi libro propongo cinco tipos de actividades, entre las que hay manualidades, pero también juegos, experimentos, actividades al aire libre o inventos.
Lo segundo: soltar la culpa. Somos una generación muy consciente y entregada, y a veces eso pesa. No necesitamos otra exigencia más. La creatividad en casa no es una meta que cumplir; es un espacio para disfrutar cuando se pueda.
Luego, un truco muy práctico: elige bien el momento. Si llegáis del cole, de extraescolares y toca baño y cena casi a contrarreloj… quizá ese no sea el día para sacar la plastilina. Forzarlo suele acabar mal para todos. Mejor guardar la idea para un rato tranquilo, sin prisas ni expectativas, cuando de verdad podáis disfrutarlo.
Y hablando de expectativas… bajémoslas. El objetivo no es hacer una manualidad digna de Pinterest; el objetivo es pasarlo bien juntos. Si una actividad empieza a generar ansiedad porque "tiene que quedar como en la foto", es señal de cambiar el plan. Elegid algo más libre: un experimento rápido, un juego con palabras, un invento improvisado con material reciclado… propuestas donde lo importante no sea el resultado, sino el proceso, la curiosidad y el ratito compartido.
Una clave muy bonita es validar sus ideas: si quieren usar colores diferentes, cambiar el plan, probar otra forma… dejémosles. Es su forma de pensar la que se está construyendo ahí, no la nuestra. Y si aparece la frustración, acompañamos: no rescatamos enseguida, pero tampoco lo convertimos todo en éxitos o fallos. Se aprende de todo, y casi todo tiene solución. Ese espacio de prueba y error es un regalo para ellos… y para nosotros también.
Y por último: relajar el "no" cuando podamos. Si uno de tus hijos quiere poner purpurina en un proyecto y no hay riesgo… quizá ese día puede ser que sí, con condiciones: "vale, pero luego pasamos la aspiradora juntos". Es increíble lo que nuestros hijos aprenden resolviendo problemas con nosotros, no solo haciendo lo que esperamos de ellos.
En resumen: menos culpa y más disfrute. No hace falta hacer manualidades perfectas… ni siquiera hace falta hacer una manualidad. Abramos el abanico: hay mil formas de crear, de jugar y de conectar juntos. Elige el momento, baja el listón, di "sí" cuando puedas, y recuerda: lo importante no es qué hacéis en familia, sino cómo os sentís mientras lo hacéis. Al final, no recordaremos tanto el resultado de una actividad, sino el buen rato que pasamos mientras la llevábamos a cabo.
6- Agujetas maternales incluye 60 actividades fáciles y originales. ¿Tienes alguna favorita o una que siempre triunfe en casa?
Sin duda, en casa los grandes favoritos son los experimentos. Y creo que tiene mucho que ver con lo que hablábamos antes: no hay un "resultado correcto", no hay un modelo que seguir… solo ganas de asombrarse, probar, equivocarse, volver a intentar y descubrir qué pasa si cambiamos algo.
Además, en el libro todos los experimentos se hacen con materiales muy de andar por casa —bicarbonato, vinagre, jabón, leche, pimienta…—. Muchos comparten principios científicos, pero usados de formas distintas, y eso hace que la magia nunca se agote. Las técnicas para mensajes secretos, la marejada en un tarro y los volcanes con bicarbonato y vinagre son éxitos asegurados.
Una de las cosas más bonitas de las actividades es cómo te ayudan a conocer aún mejor a tus hijos. Cada uno revela su forma de pensar, su curiosidad y su "lenguaje creativo". Por ejemplo, mi hijo mayor tiene una visión espacial muy desarrollada y disfruta muchísimo con todo lo que implique construir o inventar. Sus favoritas son las actividades como palipuzles o las bolas de malabares, donde puede inventar cosas y luego jugar con ellas.
Mi hija, en cambio, es feliz con la pintura, el juego sensorial y las manualidades. Le encanta transformar cada propuesta a su manera —siempre va un paso más allá del plan inicial— y ahí las coronas de estaciones o los carapalos son de sus activiades favoritas.
Y el pequeño de la casa está en fase exploración total, así que lo suyo son las botellas sensoriales y los pequejuegos con materiales cotidianos. Nada le hace más feliz que agitar, observar y descubrir.
Y luego están los dos grandes comodines familiares: los juegos para viajes y esperas, que nos han salvado mil ratitos en el coche, en restaurantes o en el centro de salud, y las actividades al aire libre, que casi siempre ponemos en práctica en vacaciones o fines de semana tranquilos. Esas son las que se quedan grabadas: las que huelen a verano, a meriendas improvisadas, a piedras y palitos convertidos en tesoros. Actividades que acaban formando parte de nuestra historia familiar, llenas de risas y descubrimientos.
7- En el libro hablas de educar la sensibilidad visual desde pequeños. ¿Cómo puede esto influir en el desarrollo personal y emocional de los niños?
Es un tema muy conectado con algo que para mí sí es fundamental: cuidar la mirada de los niños. No solo lo que ven, sino cómo lo ven.
Vivimos en una época de imágenes constantes, muchas de ellas hiperestimulantes o incluso irreales. Hoy es fácil confundir lo bello con lo perfecto, lo creativo con lo que queda bien en una foto, o lo real con lo que está generado o retocado digitalmente. Por eso creo que acompañar a los niños en lo visual es muy importante, pero desde varios ángulos. Primero, cuidando lo que consumen, porque no todos los dibujos, ni todos los cuentos, ni todas las películas son iguales, ni todos los estímulos les sientan bien. Segundo, invitándoles a observar el mundo real, no solo pantallas: el arte, la naturaleza, la luz, los detalles cotidianos. Tercero, fomentando una mirada curiosa y crítica, que se pregunte: "¿Esto es real? ¿Por qué alguien ha creado esta imagen? ¿Qué me quiere contar?". Y, por último, dando espacio a otros sentidos y experiencias, porque ver no es lo mismo que vivir. La creatividad también nace del tacto, del silencio, del movimiento, del aburrimiento, de escuchar, de hacer con las manos y de imaginar.
Y aquí conecto con el corazón del libro: cuando un niño tiene tiempo para experimentar, ensuciarse, mezclar colores, equivocarse, observar qué pasa y volver a intentarlo, su mirada se vuelve más profunda, más libre y más genuina.
Más que enseñarles a “mirar bonito”, queremos ofrecerles herramientas para mirar con criterio, con sensibilidad y con autenticidad… y no perder esa chispa creativa que, como muestran los estudios, lamentablemente se va apagando si no la cuidamos.

8- Has dicho que la creatividad puede transformar lo ordinario en extraordinario. ¿Podrías contarnos algún ejemplo cotidiano en el que hayas vivido eso con tus hijos?
El pensamiento creativo es el sazonador de la rutina. Es ese ingrediente que convierte un día cualquiera en uno especial, sin necesidad de materiales ni planes elaborados. A veces solo hace falta una idea distinta, una pregunta inesperada o mirar lo cotidiano con otros ojos. De hecho, en el libro hablo mucho de esto: de cómo la creatividad no siempre necesita tijeras ni rotuladores.
En casa lo vemos constantemente. Por ejemplo, en vez del típico "¿qué tal en el cole?", que suele traer un "bien" automático, jugamos a elegir "la foto del día": les pregunto qué momento guardarían si tuvieran un álbum en el que guardar los mejores momentos. A veces les propongo imaginar qué momento borrarían con una goma mágica si pudieran, y cómo lo volverían a dibujar. De repente, donde antes había monosílabos, aparece conversación real: detalles, emociones, risas… y un rato entrañable juntos alrededor de algo tan normal como la merienda.
Otras veces es tan sencillo como desviarnos del camino de siempre. Un día mi hijo me preguntó si podíamos volver a casa desde la casa del abuelo por otra ruta "a ver qué pasa". Y lo que era un trayecto rutinario se convirtió en exploración: calles por las que no habíamos pasado, edificios diferentes, el juego de medir distancias a ver por dónde tardamos menos. No ganamos tiempo —de hecho tardamos más — pero ganamos un recuerdo.
También disfrutamos mucho jugando con la imaginación en cosas pequeñas: cambiar el final de un cuento porque... "¿y si Cenicienta no hubiera perdido su zapato?", o pensar qué superpoder elegiríamos si pudiéramos tener uno, o inventar usos alternativos (da igual que sean absurdos) para objetos cotidianos —como convertir una cuchara de madera en micrófono, en espada, en bastón de explorador o en varita mágica. Son ejercicios mínimos que transforman una cena cualquiera o un día gris en un rato de creatividad compartida.
Y luego está la observación. Ir al cole y comentar cómo el cielo parece pintado con acuarela cuando amanece despejado o cómo otras mañanas tenemos la extraña sensación de circular dentro de una nube. Mirar el mundo con asombro no solo despierta la imaginación y entrena esa mirada sensible y atenta sino que también nos conecta con este momento, nos baja revoluciones y nos recuerda que la vida está pasando aquí y ahora.
Todo esto, al final, no va de hacer algo "productivo" con ellos, sino de estar presentes, bajar el ritmo y permitirnos jugar un poco. No son las cosas extraordinarias las que hacen una infancia mágica, sino la manera en la que habitamos lo ordinario. Conecta, pregunta distinto, cambia un camino, deja espacio para imaginar. Esas pequeñas chispas consiguen que un martes cualquiera se vuelva único. La vida al lado de nuestros hijos ya es extraordinaria… solo necesitamos no olvidarlo.
9. En tiempos en que las pantallas ocupan tanto espacio, ¿cómo puede la creatividad manual competir o convivir con la tecnología?
Creo profundamente en la convivencia, no en la batalla. Las pantallas forman parte del mundo en el que vivimos —y del que vivirán nuestros hijos—, así que negarlas o demonizarlas no es realista. Pero crianza hoy significa también tomar postura: decidir qué lugar queremos que ocupen, cuándo y cómo.
Para mí, la clave está en poner límites claros y conscientes: a partir de qué edad, qué tipo de contenido, durante cuánto tiempo, y siempre en espacios comunes y acompañados. Las pantallas no pueden utilizarse como refugio, ni para conseguir silencio automático; son una herramienta y, como tal, necesitan guía y contexto. Y a medida que los niños crecen, toca hablar con ellos de lo que hay detrás: de los riesgos, de la economía de la atención, de cómo funcionan los algoritmos y de por qué es tan fácil que nos atrapen.
Ahora bien, limitar sin ofrecer alternativas no funciona. Ahí es donde entra la creatividad. Nuestro papel como adultos es ensancharles el mundo real para que también les apasione: actividades que despierten curiosidad, deportes, cultura, naturaleza, quedadas con amigos, libros, experimentos, juegos, talleres, planes improvisados… En casa lo vivimos así: cuanto más exploramos juntos, más ganas tienen ellos de seguir explorando. Por eso en el libro hay cinco tipos de propuestas distintas; porque cada niño tiene su elemento, ese lugar donde se encuentran habilidad y pasión, y nuestra labor es ayudarles a encontrarlo.
Una de las grandes trampas de las pantallas es que crean biografías paralelas, vidas que se sienten emocionantes y veloces. El mundo offline, comparado, puede parecer lento, incluso aburrido. Pero esa lentitud es donde pasa lo bueno: la conversación, la carcajada, la paciencia, el vínculo. Los niños —al menos hasta la adolescencia— preferirían pasar tiempo con sus padres antes que con cualquier pantalla. Aprovechemos ese tiempo. Pongámonos en el suelo, inventemos tonterías, montemos un experimento de cinco minutos, cocinemos algo simple, improvisemos un juego, paseemos sin prisa.
También creo que las pantallas son una herramienta muy útil cuando se usan con intención. En casa tenemos momentos especiales, como las tardes de viernes con peli y pizza, que son un ritual familiar. A veces vemos documentales sobre temas que están trabajando en el cole, usamos apps para aprender idiomas o buscamos juntos información sobre algo que nos intriga. También tiramos de vídeos que nos enseñan a hacer cosas con las manos —tutoriales de dibujo, proyectos creativos o ideas para experimentar—. Incluso hay juegos online tipo "Kahoot!" para reírnos y competir en familia, o noches improvisadas de karaoke en el salón.
La tecnología puede sumar, y lo hará. Pero primero necesitamos anclarles bien en la vida real, para que el mundo digital sea un complemento, no un sustituto.
COMPARTIR