Durante años hemos entendido el metabolismo como una simple ecuación entre calorías y ejercicio. Sin embargo, cada vez más voces expertas señalan que la clave está en algo mucho más profundo: la relación entre nuestro cuerpo y el entorno en el que vivimos. En esta entrevista con Mariana Aróstegui, autora del libro Desincronizados, hablamos sobre luz, ritmos circadianos, microbiota, estrés y hábitos cotidianos con la autora, que propone una mirada revolucionaria: no estamos rotos, sino desincronizados. Una conversación reveladora para comprender por qué la salud metabólica empieza mucho antes del plato.
1. En el libro afirmas que “no estamos rotos, estamos desincronizados”. ¿Qué significa exactamente esta idea y por qué cambia la forma de entender la salud metabólica?
Esta idea cambia completamente el paradigma. Durante años hemos pensado que, cuando alguien tiene fatiga, sobrepeso, resistencia a la insulina o problemas digestivos, su cuerpo falla o está estropeado. Pero lo que veo en consulta es justo lo contrario: el cuerpo está funcionando exactamente como puede dentro de un entorno que no es el adecuado.
Cuando digo que no estamos rotos, sino desincronizados, me refiero a que hemos perdido la coherencia con las señales para las que nuestra biología fue diseñada: la luz natural, los ritmos de día y noche, el descanso, el movimiento, la relación con la comida o el contacto con la naturaleza. Nuestro cuerpo sigue esperando esas señales, pero vive en un contexto completamente distinto.
El metabolismo no es solo lo que comes o lo que quemas, es una respuesta al entorno. Cuando esas señales, como la luz, el estrés, la microbiota o los ritmos, están alteradas, el cuerpo entra en modo adaptación: ahorra energía, acumula grasa, aumenta el hambre o baja la vitalidad.
Y esto es clave, porque cambia la narrativa: dejamos de culpabilizar al cuerpo o a la persona, y empezamos a entender que hay que reordenar el entorno. No se trata de arreglar algo roto, sino de volver a alinear el cuerpo con lo que necesita para funcionar bien.
2. Durante años se ha simplificado el metabolismo a comer menos y moverse más. ¿Qué has descubierto en tu experiencia clínica que contradice esta visión?
La clínica me ha enseñado que esa ecuación no siempre funciona. He visto a muchas personas que comían bien y hacían ejercicio, pero seguían con un metabolismo bloqueado, sin energía o sin capacidad de perder grasa.
El problema es que el metabolismo no es una calculadora de calorías, es un sistema que responde a señales. La luz, el sueño, el estrés, la microbiota o los horarios de comida influyen tanto o más que la alimentación o el ejercicio.
Cuando esas señales están alteradas, el cuerpo entra en modo ahorro y deja de responder, aunque la persona lo esté haciendo todo bien. Por eso el enfoque no debería ser solo hacer más o comer menos, sino entender qué le falta al cuerpo para volver a funcionar con normalidad.
3. Uno de los ejes del libro es el impacto del entorno moderno. ¿Qué factores cotidianos —más allá de la alimentación— están afectando más a nuestro metabolismo?
El mayor problema no es un único factor, sino la suma de muchos pequeños estímulos que, juntos, desordenan la biología.
La falta de luz natural y el exceso de luz artificial es probablemente uno de los más importantes. Vivimos mucho tiempo en interiores, expuestos a pantallas y luz azul, y eso altera nuestros ritmos circadianos, nuestras hormonas y, con ello, el metabolismo.
El estrés crónico es otro gran eje. No es un estrés puntual como el que vivía el ser humano ancestral, sino un estado mantenido que mantiene al cuerpo en alerta constante, favoreciendo la inflamación, la resistencia a la insulina y la acumulación de grasa.
También están los tóxicos ambientales, muchas veces invisibles, que actúan como disruptores hormonales y afectan directamente a la tiroides, a la señal de saciedad o a la regulación del peso.
Y algo que se suele olvidar es la desconexión con la naturaleza. Pasamos menos tiempo al aire libre, nos movemos menos de forma natural y hemos perdido muchos estímulos que eran clave para nuestra regulación interna.
El metabolismo no se desajusta solo por lo que comes, sino por el contexto en el que vives. Y ese contexto, hoy, está muy lejos de lo que nuestro cuerpo espera.
4. Hablas mucho de la luz y los ritmos circadianos. ¿Cómo influye algo tan aparentemente sencillo como la luz en nuestra energía, peso o salud hormonal?
La luz es una de las señales más potentes que recibe el cuerpo, aunque no seamos conscientes. Es la que marca el ritmo interno de prácticamente todos nuestros procesos biológicos.
A través de la luz regulamos el cortisol, que nos activa por la mañana, y la melatonina, que nos permite descansar y reparar por la noche. Cuando esta señal es coherente, tenemos energía, buen descanso, mejor regulación del apetito y un metabolismo más eficiente.
El problema es que hoy vivimos con una señal completamente alterada. Recibimos poca luz natural durante el día y demasiada luz artificial por la noche. Eso confunde al cerebro y desordena las hormonas. Cuando esto ocurre, el cuerpo no sabe bien cuándo activarse y cuándo descansar. Aparece más fatiga, peor calidad de sueño, más hambre desregulada y mayor tendencia a acumular grasa.
Algo tan simple como exponerte a la luz natural por la mañana y reducir la luz artificial por la noche puede cambiar muchísimo cómo funciona tu metabolismo. Porque, en el fondo, el cuerpo sigue viviendo en función del sol, aunque nosotros ya no lo hagamos.
5. La microbiota intestinal ocupa un papel central en tu enfoque. Para alguien que no esté familiarizado con el tema, ¿por qué es tan determinante para la salud global?
Porque no es solo un tema digestivo, es un sistema que regula gran parte de lo que ocurre en el cuerpo. La microbiota influye en cómo digieres, cómo absorbes nutrientes, cómo funciona tu sistema inmune, cómo regulas el apetito e incluso en tu energía y tu estado de ánimo.
Cuando está en equilibrio, todo tiende a funcionar mejor. Pero cuando se altera, aparece inflamación, peor regulación metabólica y una mayor tendencia a enfermedad. Por eso cuidar la microbiota no es algo puntual, es trabajar la base sobre la que se sostiene la salud.
6. En el libro también abordas temas poco habituales en divulgación, como los tóxicos ambientales o la contaminación electromagnética. ¿Por qué consideras importante hablar de ello?
Porque forman parte del entorno en el que vivimos y, aunque muchas veces no se vean, el cuerpo sí los percibe. Los tóxicos ambientales actúan como disruptores hormonales y pueden interferir en funciones clave como la tiroides, la regulación del apetito o el almacenamiento de grasa. Y lo mismo ocurre con otros estímulos modernos que generan estrés biológico mantenido.
No se trata de generar miedo, sino de entender que el metabolismo no depende solo de lo que haces de forma consciente, sino también de lo que te rodea. Cuando reduces esa carga invisible, el cuerpo deja de estar en modo defensa y empieza a funcionar de forma mucho más eficiente.
7. Introduces el concepto de flexibilidad metabólica. ¿Qué es y cómo podemos saber si la hemos perdido?
La flexibilidad metabólica es la capacidad del cuerpo para adaptarse y usar distintas fuentes de energía según lo que necesita en cada momento. Un metabolismo flexible puede utilizar glucosa cuando hay disponibilidad rápida de energía y cambiar a grasa cuando no la hay, sin problema. Es lo que nos permitía adaptarnos a la escasez y a la abundancia.
Hoy muchas personas han perdido esa capacidad y viven dependientes de la glucosa constante. Esto se traduce en hambre frecuente, bajones de energía, dificultad para sostener el ayuno o incapacidad para utilizar la grasa como combustible.
Cuando el cuerpo deja de adaptarse, se vuelve rígido. Y recuperar esa flexibilidad es clave para volver a tener energía estable, menos hambre y un metabolismo más eficiente.
8. Muchas personas sienten que hacen todo bien, comer sano, hacer ejercicio y aun así no consiguen mejorar su metabolismo. ¿Qué suele estar fallando en esos casos?
Lo que suele fallar no es la disciplina, es el contexto. Son personas que lo están haciendo bien desde fuera, pero su cuerpo sigue recibiendo señales de desorden. Duermen mal, viven con estrés mantenido, pasan todo el día en interiores, comen a deshora o tienen una microbiota alterada.
Y el cuerpo no responde a lo que tú crees que haces bien, responde a las señales que recibe. Si esas señales le dicen que no es un entorno seguro o que no hay coherencia, entra en modo ahorro. Por eso muchas veces no hay falta de esfuerzo, hay falta de sincronización. Y cuando ordenas eso, el cuerpo empieza a responder casi sin forzarlo.
9. Propones un plan de 21 días para resetear el metabolismo. ¿Qué puede esperar una persona que lo siga y por dónde recomendarías empezar?
Lo que puede esperar no es un cambio solo físico, sino una sensación de volver a ordenarse por dentro. Cuando el cuerpo empieza a recibir las señales correctas, mejora la energía, el descanso, la claridad mental, la digestión y también la relación con el hambre. Muchas personas notan que dejan de ir a tirones y empiezan a sentirse más estables.
El plan está pensado para ir paso a paso, no para hacerlo perfecto. Primero se ordenan los ritmos, luego se reduce el ruido y, por último, se reconstruye desde una base más sólida.
Y si tuviera que decir por dónde empezar, sería por lo más simple y a la vez más potente, la luz y los ritmos. Exponerte a la luz natural por la mañana, respetar la noche y empezar a darle al cuerpo un horario coherente. A partir de ahí, todo empieza a recolocarse.
10. Si tuvieras que dar tres cambios sencillos y realistas para empezar a mejorar la salud metabólica desde hoy, ¿cuáles serían?
Lo primero sería recuperar la relación con la luz. Salir por la mañana, exponerte a la luz natural y reducir la luz artificial por la noche. Parece básico, pero cambia muchísimo cómo funciona el cuerpo.
Lo segundo, ordenar los ritmos. Intentar comer y dormir a horas más coherentes, dejando espacio entre comidas y respetando el descanso nocturno.
Y lo tercero, simplificar. Volver a comida real, moverte a diario y reducir el ruido innecesario, tanto físico como mental.
No hace falta hacerlo todo perfecto. Cuando empiezas a dar estas señales, el cuerpo ya empieza a responder.
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